Actitud generosa
Colosenses 3:1-2
El primer paso para dar no comienza al firmar un cheque o al atarse los zapatos para ir a hacer voluntariado un sábado. Comienza mucho antes y llega mucho más profundo. Para poder dar de la manera que Dios desea, debemos involucrar nuestro corazón y nuestra mente. A menudo se dice los domingos por la mañana que todo lo que tenemos es de Dios, ¡y no podría ser más cierto! A veces lo entendemos al revés y pensamos que le debemos algo a Dios, cuando en realidad le debemos todo.
Una de mis descripciones favoritas de esto se encuentra en Lucas 21:1-4. A Jesús no le preocupaba la cantidad que ella había dado. No le importaba que los ricos hubieran dado más en un sentido tangible. Él vio el corazón de la mujer y supo que su ofrenda provenía de una reverencia sacrificial, no para ser vista como la más santa o importante.
A menudo podemos quedar atrapados en la actitud de nuestra cultura de «cuanto más, mejor» y pensar que ese es el objetivo más importante al que debemos aspirar. Cuando somos salvos, verdaderamente salvos, toda nuestra perspectiva cambia y nos damos cuenta de que todo, desde nuestra mayor posesión hasta nuestra más pequeña baratija, es de Dios, y podemos empezar a comprender el propósito que tenía el hecho de que Él nos diera.
En cada área de nuestras vidas, Dios nos llama a dar. Él está ampliando nuestra visión y ayudándonos a ver que nuestro tiempo, recursos, talentos, relaciones y futuro pueden tener un impacto eterno para Su Reino. Él nos ha invitado a desempeñar un papel activo en alcanzar a las personas, y todo comienza cuando fijamos nuestra mirada en Él. Al buscarlo, Él nos llenará para que nunca demos desde una copa vacía.
Tranica Quevedo

