NUESTRA ESPERANZA

La Biblia no nos dice mucho sobre María Magdalena. Solo que fue liberada de siete demonios, pero no hace falta mucha imaginación para pensar cómo debió cambiar su vida después de que Jesús la sanara. Antes era una persona atormentada, pero Jesús la liberó. La sociedad la había marginado, pero Jesús la aceptó. Su vida no tenía sentido, pero Jesús le dio un propósito. Y así, ella siguió a Jesús. Fue una de las varias mujeres que atendieron las necesidades materiales de Jesús y los discípulos mientras viajaban y predicaban.

Ella estuvo presente en la crucifixión y, junto con algunas otras mujeres, siguió a José de Arimatea y Nicodemo cuando tomaron el cuerpo de Jesús y lo depositaron en la tumba de José. Los dos hombres untaron el cuerpo de Jesús con una mezcla de mirra y áloe y lo envolvieron con vendas de lino. (Juan 19:38-40) El día después de la crucifixión era un sábado especial, la Pascua (Juan 19:31), por lo que las mujeres no tuvieron tiempo de untar el cuerpo de Jesús con las especias habituales.

Temprano, el primer día de la semana, María Magdalena fue a la tumba con algunas de las otras mujeres y discípulos para colocar sus especias y descubrió a dos ángeles que les dijeron que Jesús no estaba allí; que había resucitado. Todos se fueron, pero María se quedó fuera de la tumba llorando.

Jesús dijo una vez que aquellos a quienes se les ha perdonado mucho, aman mucho. (Lucas 7:47) María estaba devastada porque su Señor había muerto y ahora ni siquiera sabía dónde lo habían llevado para poder mostrarle su amor cuidando de su cuerpo. Solo podemos imaginar lo desesperada que se sentía.

En medio de su desesperanza, Jesús se le apareció. Qué significativo es que la primera persona en ver a Jesús después de su resurrección fuera esta mujer redimida, alguien a quien la sociedad de aquella época habría despreciado. Cuando él la llamó por su nombre,«María», ella lo reconoció inmediatamente y recuperó toda su esperanza.

Así como Jesús llamó a María por su nombre, él nos llama a nosotros por nuestro nombre. Apocalipsis 3:19 dice que Jesús está a la puerta y llama. Si oímos su voz y abrimos la puerta (de nuestro corazón), él entrará y cenará con nosotros. Si oímos su voz y respondemos, todos nuestros sentimientos de desesperanza pueden desaparecer. Esperanza: el sentimiento de que lo que se desea se puede conseguir o de que los acontecimientos saldrán bien.

Las palabras de un antiguo himno dicen:«Mi esperanza se basa únicamente en la sangre y la justicia de Jesús». Cuando respondemos a su llamada, podemos superar cosas que no podríamos superar por nosotros mismos, es posible sanar las heridas emocionales, llegan respuestas y se puede recuperar el sentido de la vida; nuestras vidas cobran sentido cuando respondemos a su perdón. Podemos tener esperanza porque Jesús derramó su sangre por nosotros, pero no se detuvo ahí. Resucitó de entre los muertos para mostrarnos que con Dios nada es imposible. Cualquier problema o situación puede resolverse gracias a nuestro Señor resucitado.

¡Sí, nuestra esperanza está en Él!

Naomi Brinkman

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